De Mozartstadt a Mozartstadt

Me faltan dedos de las manos para contar toda la gente que conozco que han abandonado Salzburgo por Viena. Pues bien, desde hace una semana me faltan un par de dedos más. Al contrario que muchos otros que dejaron aquel pueblo por esta ciudad, yo no salí despavorida por el provincialismo salzburgués. Pero a pesar de que le tengo cariño a Salzburgo, Viena es La Ciudad. Es imposible llegar desde el pueblo y no dejarse deslumbrar por lo grande y lo variada, la cantidad de cosas que hacer y de gente diversa.

Mozart-Denkmal in Wien
Foto de Marco Verch. Licencia CC BY-NC-SA 2.0.

Si esto fuera un cuento, terminaría con «y se establecieron en Viena y fueron felices y comieron perdices». Espero que así sea, porque si no soy capaz de vivir indefinidamente en una ciudad que lo tiene todo, ¿dónde podré hacerlo?

Se verá. Por ahora, me conformo con no volver a hacer una mudanza en al menos tres años. Ese es el tiempo que nunca he conseguido llegar a estar en la misma casa de alquiler. En los últimos diez años he tenido quince direcciones, he sido titular de doce contratos de alquiler y he hecho nueve mudanzas. A este paso voy a acabar dejando a Beethoven como un principiante en eso del cambio de domicilio, así que me planto. Estoy por plantarme al lado del rosal de mi jardín.

El cuento no termina, pero el blog y yo misma estaremos fuera de la circulación una temporada. Como hace casi seis años, a veces hay cosas que hacer y que no consisten en disfrutar del verano en una ciudad por descubrir. Espero que dentro de un par de meses vuelva a haber cosas que contar, y en ese caso el blog volverá a estar online. En cualquier caso, ha sido un placer llegar hasta aquí.

Y como esta entrada tiene tintes conclusivos, os pido que os dejéis llevar por el entusiasmo con esa obra maestra que es el último movimiento de la última sinfonía de Mozart, con sus fugati por aquí y por allá. Disfrutad:

Pfiat eich!

Adiós, salzburgueses. Ha sido un placer vivir casi dos años entre vosotros.

Salzburg

Es verdad que no echaré de menos los precios más caros de toda Austria, con permiso de Innsbruck, ni las mesnadas de turistas haciendo fotos en medio del carril bici, ni el sota, caballo y rey del ocio en Salzburgo, pero la mayoría de lo que he vivido aquí ha sido bueno. Espero no echar de menos el trato a la vez profesional, agradable y servicial en el trabajo, ni lo pacíficos y tranquilos que son los vecinos, ni, sobre todo, lo bien que me ha ido aquí con los servicios médicos. Sé que sí echaré de menos el respeto al ciclista y que sea tan, pero tan fácil moverse en bici por Salzburgo. Echaré muchísimo de menos las montañas, porque nunca he vivido en un llano y no sé si me va a gustar. Seguramente habrá más cosas, pero qué diantres, tampoco me voy tan lejos. Volveré, siquiera sea de visita.

Salzburger Schmankerl

Aunque la comida en esta parte del mundo no sea precisamente ligera ni variada, sólo el que sea vegetariano estricto tendrá problemas en las Gasthäuser tradicionales. Además de las austriacadas típicas, como el Wiener Schnitzel, los Kasnocken, la ensalada estiria, el Gröstl, el Tafelspitz y los dulces (¡ah, los dulces!) diversos, es de rigor probar alguna de las aportaciones de Salzburgo a la gastronomía del país. Por ejemplo, las siguientes.

En Austria los Knödel alcanzan una nueva dimensión. No son sólo esas aburridas bolas de pan o de patata que se ponen al lado del chucrut, sino que admiten bastantes variaciones: dulces, rellenos de carne, setas u otras cosas ricas, revueltos con huevos, y unos de mis favoritos: los Kaspressknödel. Estos se hacen mezclando la masa con queso, formando luego unas bolas que luego se aplastan y se hacen a la plancha. Se pueden tomar así tal cual, con ensalada por ejemplo, pero en el Pinzgau, una región al suroeste del estado de Salzburgo, los Pinzgauer Kaspressknödel se toman en un caldo de ternera y quedan tal que así:

Kaspressknoedelsuppe.JPG
Foto de SlartibErtfass der bertige – Licencia CC BY-SA 3.0 a través de Wikimedia Commons.

El postre salzburgués por excelencia son los Salzburger Nockerln, que es lo que yo identifico como merengue ligero al horno. Se dice que se lo inventó la famosa Salomé y los tres picos deberían representar las tres montañas de la ciudad de Salzburgo: el Kapuzinerberg, el Mönchsberg y el Gaisberg. Debido al tamaño y al sabor a huevo crudo solo apto para sus fans, es mejor compartirlo entre al menos dos-tres personas.

Salzburger Nockerl
Foto de Christine Geyer. Licencia CC BY-NC-SA 2.0.

Para los que quieren algo dulce con el café a media tarde tenemos las Mozartkugeln. ¡Pero atención! Bolitas de chocolate de Mozart se venden de muchos tipos pero no todas están igual de buenas. Las originales son las de la confitería Fürst, en una esquina entre el Alter Markt y la Residenzplatz, enfrente de Tomaselli, el café más antiguo de Austria. Se siguen haciendo artesanalmente, con su mazapán de pistacho en el interior, y están bien ricas.

Mozartkugeln

Para los que tengan un poco de hambre en cualquier momento del día, siempre se puede recorrer a una Bosna, especialmente si es en el puesto que perteneció a su inventor, un inmigrante búlgaro que se estableció en Salzburgo alrededor de 1950. La Bosna es algo parecido a un perrito caliente, pero a diferencia de aquellos, esta está buena. Te ponen dos salchichas en un panecillo, con cebolla, aliño y mostaza, según cómo se quiera. Actualmente son populares en ¿toda? Austria, pero se inventaron aquí.

Double sausage time. Best Bosna in Austria?
Foto de Phil. Licencia CC BY 2.0.

Comer, comer y no beber, eso no puede ser. En Salzburgo hay varias brauerías, pero la más grande y famosa es la Stiegl. Aparte de poder hacer una visita guiada, el restaurante y su Biergarten son altamente recomendables. Allí se puede probar la cerveza que tengan de temporada, además del resto del surtido Stiegl.

When in Salzburg...
Foto de James Cridland. Licencia CC BY 2.0.

Y aunque yo preferiría enseñaros otras cervezas salzburguesas, como la Trumer, la Weisse, la Augustiner y la Gusswerk, quizás la bebida asociada con Salzburgo más conocida internacionalmente sea otra. Esa que patrocina saltos al vacío y equipos de Fórmula 1, además de al equipo de fútbol y al de hockey de Salzburgo. Tiene sus oficinas generales en un pueblo muy cercano a Salzburgo, y por lo que tengo entendido, es un buen sitio para trabajar.

Hangar 7
Foto de Sergio Fernández. Licencia CC BY-SA 2.0.

Y hasta aquí hemos llegado, que encontrar fotos sin copyright no es tan fácil como parece. Otro día, más.

Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus

Hay ciudades pequeñas cuya sola mención hacen pensar a músicos y aficionados en alguien en concreto: Eisenach, Bonn, Zwickau, Busseto, Votkinsk… y Salzburgo. Si por algo es conocida la ciudad del Salzach es porque vio nacer al hijo de Leopold Mozart en enero de 1756. Le pusieron el bonito nombre que encabeza esta entrada.

Hoy son innumerables las alusiones por cualquier rincón salzburgués: el aeropuerto de la ciudad se llama así, tienen la plaza Mozart, la estatua correspondiente, la pasarela Mozart sobre el Salzach, el café de la casa de Mozart, una residencia de estudiantes, el hotel Mozart y el Amadeus, la universidad musical se llama Mozarteum, und und und und. El centro está lleno de comercios que venden bolitas de chocolate, bolsos con la Pequeña serenata nocturna estampada y todo tipo de recuerdos con la efigie o el nombre de Mozart.

Eso sí, en ningún sitio se recuerda lo que le escribió en una carta a su padre, que le recriminaba que no fuera más a visitarlo a su ciudad natal. Wolfgang Amadeus contestó:

Haben Sie einmal an mir gemerkt daß ich keine Lust oder Begierde hätte Sie zu sehen? – gewiß nicht! – aber wohl daß ich keine Lust habe, Salzburg oder den Erzbischof zu sehen. Wer wäre also, wenn wir in einem dritten Orte zusammenkämen [Mozart hatte München vorgeschlagen], wer wäre dann der Gefoppte? – Der Erzbischof und nicht Sie. – Ich hoffe nicht daß es nöthig ist zu sagen, daß mir an Salzburg sehr wenig und am Erzbischof gar nichts gelegen ist und ich auf beides sch – und meine Lebetag mir nicht in Kopf kommen lasse, extra eine Reise hinzumachen, wenn nicht Sie und meine Schwester daselbst wären.

Carta del 12 de julio de 1783

Que viene a decir: «¿Ha notado usted en mí alguna vez que no tuviera ganas o deseos de verlo? ¡Claro que no! Pero sí que no tenía ganas de ver ni a Salzburgo ni al Arzobispo. ¿Quién sería el burlado si nos encontráramos en un tercer lugar [Mozart había propuesto Múnich]? El Arzobispo y no usted. Espero que no sea necesario decir que Salzburgo me importa muy poco y que el arzobispo nada de nada, y que los dos se pueden ir yendo a la m – y que en la vida me entrará en la cabeza viajar allí expresamente si no estuvieran usted y mi hermana».

Mozart, como muchos otros, salió de Salzburgo escopetado para no volver más que a rastras. Y aunque fue en Viena donde compuso seguramente la mayoría de sus grandes obras, no olvidamos que fue aquí, en esta pequeña ciudad provinciana al borde de los Alpes, donde compuso perlas como la que sigue:

Si algún día suena un móvil con el principio de esa sinfonía cerca de vosotros, mirad en derredor: puedo andar cerca.

Sobre la luz coloreada de las estrellas binarias

Busque la relación:

Dopplersteigsheldon

Foto de Uwe Strasser.
Licencia CC BY 2.0.

Uno de los caminos que sube al Untersberg, ese macizo de piedra al suroeste de la ciudad de Salzburgo, es una escalera de peldaños tallados en la roca. El camino es duro y sólo está recomendado para gente con experiencia (¡y sin vértigo!). La escalera, que data de 1876, es obra de una familia de canteros salzburgueses, cuya especialidad comercial no eran tanto las montañas como los altares de mármol: los Doppler.

Johann Doppler, quinta generación de canteros, tuvo dos hijos. El primero, también llamado Johann, siguió la tradición familiar, pero el otro, Christian, era enclenque y enfermizo, y bien se veía que no iba a llegar lejos con el cincel. Su padre lo quiso dirigir hacia la rama del comercio, y ahí es cuando se dieron cuenta de que al chaval se le daban bien las matemáticas. Así fue cómo el hijo del cantero acabó estudiando matemáticas y física en Viena, donde después consiguió un puesto de asistente en lo que hoy es la TU Wien.

Encontrar un trabajo «de verdad» tras pasar por la universidad no era, tampoco entonces, nada fácil. Tras terminar sus cuatro años como asistente, Christian Doppler buscó y buscó, y no encontró. Se estaba planteando emigrar a América cuando le llegó una oferta como profesor en un instituto de Praga y allá que se fue. Dos años después consiguió un puesto en la universidad técnica y más tarde en la universidad. En Praga fue donde, entre más de cincuenta artículos, escribió Sobre la luz coloreada de las estrellas binarias y otros cuerpos celestes. Aunque por el título no lo parezca, ahí se describe por primera vez lo que hoy se conoce como efecto Doppler. ¡Chan!

Años después Doppler volvió a Viena, donde consiguió una plaza de profesor y más tarde como director del nuevo Instituto de Ciencias Físicas. No le duró mucho la alegría. Enfermo de los pulmones viajó a Venecia, a ver si el aire cálido le sentaba bien. Allí murió en 1853.

Y aunque Doppler, como ¿todos? los salzburgueses ilustres, acabó lejos de Salzburgo, su ciudad natal lo recuerda poniéndole su nombre a un hospital y a un instituto. Su casa natal fue una de las primeras cosas que me llamó la atención al llegar, porque no tenía ni idea de que el buen señor fuera salzburgués. Está enfrente del teatro, cerca de la casa donde vivió la familia Mozart y no lejos de Mirabellplatz y la Linzergasse. En realidad, en Salzburgo todo está cerca. Una placa lo recuerda allí también:

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Foto de D. Wassenberg